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Parte 1: Energía en la invasión de Rusia a Ucrania

Parte 1: Energía en la invasión de Rusia a Ucrania
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Columna de opinión de Julio Vergara, Profesor de la Escuela de Ingeniería UC, Director del Magíster en Ingeniería de Energía UC y jefe de los diplomados del área energía de Educación Profesional de la Ingeniería UC, entre ellos el Diplomado en Eficiencia Energética, Diplomado en Electromovilidad y Biocombustibles, Diplomado en Bioenergía y combustibles sintéticos y Diplomado en Energías sustentables.

La invasión de Ucrania sustentada en la protección de Donetsk y Lugansk, comunidades separatistas que Rusia reconoce como independientes, la desnazificación de Ucrania, así como el rearme de Kiev por parte de las potencias occidentales y el avance de la influencia de la OTAN, son causas más aparentes que efectivas. Las causas reales de esta guerra tienen una alambicada conexión y dependencia con la energía, que también han gatillado o detenido otros conflictos contemporáneos desde la era industrial. La guerra entre los Aliados y Japón se origina en el embargo norteamericano de petróleo, vital para su economía, y así frenar su expansión en Asia-Pacífico, para obtener petróleo de las Indias Orientales Neerlandesas, entre otros objetivos. Paralelamente, la movilidad de las fuerzas alemanas y su capacidad productiva en la Segunda Guerra Mundial se debilitaba frente a la de los aliados por escaso acceso al petróleo, debiendo usar carbón para producir un equivalente sintético, mientras intentaba acceder infructuosamente a los recursos soviéticos del Cáucaso y, a la vez, interrumpir los flujos de petróleo a los Aliados en Europa.

El colapso de la Unión Soviética aconteció por causas económicas, incapaz de seguir el ritmo de desarrollo tecnológico de sectores privados de occidente y la inversión en defensa de su principal adversario. Rusia logró renacer del colapso soviético, y alcanzó una posición relevante en la economía global, en especial gracias a los recursos energéticos que yacen bajo el suelo ruso, que se cuentan entre los más abundantes del mundo, sin contar lo que podría contener el subsuelo ártico que proyecta su territorio.

Por estas razones, los recursos energéticos se han convertido en la principal herramienta económica y geopolítica de Rusia, que mantiene la ambición de llegar a ser el mayor proveedor de tecnologías y recursos energéticos. Es el país que más reactores vende hoy en el mundo, ofrece una gama amplia de combustibles nucleares y participa desde temprano en el desarrollo de la fusión termonuclear. El ciclo climático más cálido la beneficia al abrirse progresivamente rutas árticas, que acortarían en semanas el tránsito marítimo entre Europa y Asia, asistido por enormes rompehielos rusos de propulsión nuclear.

Rusia es sólo la 11ª economía global, ubicada entre Brasil y Corea del Sur. Equivale al 7% de la economía norteamericana y al 9% de la economía china. Corregida por paridad de compra, sube a la 6ª economía, después de Alemania. La economía europea es ocho veces la rusa, con 4 veces la población de Rusia, sin considerar el aporte del Reino Unido. Es 6 veces la economía chilena actual con 7 veces su población, lo que refleja un estándar de vida inferior al de los chilenos.

Aunque históricamente ha tenido un gran énfasis en su desarrollo militar, exhibe un cuarto del gasto europeo y tiene el 60% de su personal. Al margen, Europa posee formidables empresas de tecnología militar con un gasto en investigación y desarrollo muy superior. Por eso, a pesar de ser Rusia una potencia nuclear, no podría enfrentarse frontalmente a Europa, sin ignorar que Francia (e Inglaterra) también lo es. Por esta razón, su poder gravita en el control de sus reservas y exportaciones de combustibles fósiles.

Exportaciones de petróleo, carbón y gas

La guerra actual se relaciona con esos combustibles, antes de enfrentar una mayor presión por nuevas fuentes, bajas en emisiones. Rusia posee el 5% de las reservas globales de petróleo crudo, es el segundo productor después de Estados Unidos, y el segundo exportador después de Arabia Saudita con el 13% del mercado. Exporta más de la mitad de su producción, que es clave en la compleja industria del transporte de pasajeros y carga, así como en la petroquímica global. En 2021, Rusia exportó unos 266 millones de toneladas (Mt) de petróleo crudo, siendo China su principal importador con 90 Mt, seguido de varios países de Europa sumando 136 Mt, liderados por Alemania con 47 Mt, Países Bajos con 42 Mt y Polonia con 28 Mt. En total, un cuarto de la demanda de los países de la OCDE era suministrado por Rusia, destacando Finlandia y Lituania con más del 80% de su demanda interna. 35 Mt eran importados por Estados Unidos. El 29% del petróleo crudo importado por la Unión Europea provino de Rusia. Los flujos a países limítrofes son realizados por oleoductos y trenes, y por grandes tanqueros para mayores distancias. De los flujos a Europa, 42 Mt transitan por la red Druzhba, y un tercio de estos pasa por suelo ucraniano. Aparte de eso, Rusia exporta 162 Mt de derivados del petróleo, principalmente gasóleo, petróleo combustible, nafta, diésel, gasolina y otros.

Rusia también exporta 188 de los 398 Mt de carbón que extrae, destinando 57 Mt a China, 22 Mt a Corea del Sur, 20 Mt a Japón, y 40 Mt a Europa, destacando 13 Mt a Alemania. En este recurso, Rusia es el sexto mayor productor, muy lejos de China, India e Indonesia, y lejos de Australia y Estados Unidos. Su principal uso es la conversión eléctrica. Aunque hay diferencias en poder calorífico y pureza, el carbón es relativamente ubicuo en el mundo, su transporte se realiza por buques o trenes por lo que su comercio es más simple y, por ende, su importancia es inferior a la de otros recursos energéticos.

Asimismo, Rusia posee un cuarto de las reservas globales de gas natural, siendo el segundo productor después de Estados Unidos, y el primer exportador con 230 billones de metros cúbicos (bcm) al año, equivalente al 32% de su producción y al 23% del mercado global. Este recurso es clave para las aplicaciones térmicas en la industria y en las viviendas, aparte de la producción de electricidad. Es más caro y volátil que el carbón, pero más eficiente y limpio. Según la tecnología, emite entre dos tercios y la mitad de los gases de efecto invernadero por kilowatt-hora que el carbón. Los flujos a países limítrofes son realizados por gasoductos con gas comprimido proveniente de Siberia Occidental, con inversiones recientes en Yamal, Siberia Oriental, Extremo Oriente, y Ártico, y un 5 a 10% por caros buques gaseros de gas licuado, para reducir el volumen y hacerlo económico a grandes distancias.

La dependencia de la Unión Europea, e indirectamente del Reino Unido, del gas ruso ha aumentado en la última década. Con un consumo estabilizado, la producción europea se ha reducido en un tercio, lo que se ha compensado con importaciones, aumentando en particular la dependencia europea del gas ruso. Por estos aspectos, este recurso es vital para Europa, que descansa en flujos rusos, que aportan el 43% de la demanda de sus veintisiete miembros actuales, con 168 de los 390 bcm que se consumen cada año. Parte de estos flujos pasan por Ucrania sujetos a peajes. El resto del gas a Europa proviene de Noruega, Argelia, Qatar y otros, vía ductos y buques gaseros.

Después del colapso soviético, Rusia suministraba gas a Ucrania a precios convenidos, y a través de su territorio llegó a enviar el 60% del flujo de gas natural demandado por Europa. Sin embargo, a raíz de la crisis política del año 2004, que llevó al gobierno a Víktor Yúshchenko, más alejado de la influencia rusa, se encargó a la corporación Gazprom, la principal empresa productora rusa, revertir el convenio previo y llevar los precios a valores de mercado. Como Ucrania se negó a pagar el aumento, en 2005 se le redujo el flujo de gas al necesario para cumplir los contratos con Europa, quedando prácticamente sin gas.

Dependencia energética de Rusia

Esa respuesta facilitó el desarrollo del proyecto Nord Stream, con dos gasoductos submarinos dobles de 55 bcm de capacidad anual cada uno, que transportan gas directo desde Viborg en Rusia distante a 1220 km de Greifswald en Alemania, que también puede abastecer a otros países de Europa. El proyecto se inició en 1997 con interés de Finlandia y Suecia, y su trazado se consolidó en el año 2005. Esta filial de Gazprom es presidida por el ex canciller alemán Gerhard Schröder (1998-2005). La red Nord Stream 1 se puso en operación en el año 2011, reduciendo el flujo a través de Ucrania a Europa a menos del 10%, con una notable merma de ingresos por peajes. Además, aumentó considerablemente la dependencia alemana de Rusia, vital para la transición energética alemana de abandono de la energía nuclear, ideada en los años 80, apoyada por el gobierno alemán desde el año 2002, y consolidada en el año 2011 después del accidente de Fukushima.

La red Nord Stream 2 se planeó en el año 2011 a pesar de la oposición y amenazas de varios países, entre ellos los Estados Unidos, a distintas empresas constructoras por los efectos económicos a Polonia y Ucrania, logrando sólo algunas suspensiones, la construcción se completó a mediados del 2021, faltando sólo su certificación operacional. Con esta nueva red, las importaciones alemanas de gas ruso a un costo más conveniente habrían logrado un excedente de 15%, suficiente para el cierre de las últimas unidades nucleares alemanas y para desactivar algunas unidades a carbón, sin utilizar el gas ruso vía Ucrania y Polonia.

Para Europa, estas relaciones han significado por un lado una dependencia creciente de Rusia, que ha mantenido su estatura geopolítica a pesar de su menor población, capacidad económica y militar. Por otro lado, ha permitido a Europa contar con suministros energéticos suficientes evitando contratos por recursos provenientes de países distantes para su demanda residencial, de transporte e industrias, así como le ha facilitado postergar las inversiones necesarias en sistemas más sustentables aunque complejos, ya sea por sus desafíos tecnológicos y costos, las reacciones de las comunidades, la demanda de espacio o su intermitencia operativa.

En efecto, la energía disponible en la UE alcanzó 58 EJ, 8% menos que antes del Covid-19, que se recuperaba lentamente de una reducción similar por la crisis subprime del 2009 y un declive posterior que perduró hasta el 2014, mientras que la producción primaria era de sólo 24 EJ, también decaída por la pandemia, reflejando una dependencia energética del 60%. La producción interna era liderada por energías durables y nuclear, con un 70%, seguido de combustibles fósiles. El mayor descenso en la última década fue la producción de gas natural con más del 60%, compensado por los suministros rusos.

La Unión Europea enfrenta grandes desafíos en energía que se entremezclan con los objetivos de Rusia y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), creada en 1949 por la amenaza que suponía la Unión Soviética, la que siguió existiendo después de su disolución. Queda por revisar como seguirá la guerra entre Rusia y Ucrania mientras otros países europeos postulan a esta organización defensiva. El futuro energético de estos actores dependerá de las próximas decisiones políticas y de las acciones militares que de estas se deriven.

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